Uno más…
Otro adolescente que no pudo soportar la continua presión, al humillación y el maltrato de los que le rodean.
Otro ser humano que en su adolescencia, uno de los momentos de por si más complicados y difíciles para identificarte como persona, se vió privado del apoyo y del respeto que todos merecemos y necesitamos.
Lentitud en la burocracia, lentitud en asumir compromisos adquiridos, lentitud en poner en marcha programas formativos en los que educar, sobre todo pero no exclusivamente, a otros adolescentes y a todo el personal que trabaja con ellos. Lentitud en hacer entender a todo el mundo que una persona transexual no es un enfermo, ni un degenerado, ni un bicho raro.
La incapacidad de una parte de la sociedad para entender lo difícil que es vivir con una identidad que no sientes tuya. Lo duro que es intentar vivir de acuerdo no a como te ven los demás, sino a como tu te sientes. Los obstáculos y demoras que existen para poder intentar ser uno mismo y que te reconozcan como tal.
Y mientras, autobuses y avionetas naranjas recorren cielo y tierra. Se lanzan mensajes de odio y represión bajo una prostituida idea de “libertad de opinión”, como si decir que un transexual (o una mujer, o un homosexual, o un negro…) es inferior fuera una opinión tan válida como cualquier otra. Seres inferiores o enfermos que necesitan ser reconducidos al buen camino del blanco y del negro.
Pero no. No se puede defender una “opinión” que lleva al dolor, al menosprecio, a la humillación. Que conduce al suicidio. No se puede vivir en blanco y negro en un mundo lleno de color, de luz y de matices. Y lo diremos y mantendremos las veces que haga falta.
Lo diremos una y (ojalá que no llegue a hacer falta) mil veces.

Por todas/o las/os Ekai del mundo.